Por Eugenio Tironi, presidente de TIRONI.
(Síntesis Clase Magistral en Universidad Santo Tomás, sede Concepción, 17 abril 2026)
A veces uno camina por la playa y descubre que el mar ya no está donde estaba. No hubo ruido. No hubo explosión. La marea simplemente se retiró. Y el mundo cambió.
Eso es, en esencia, lo que estamos viviendo hoy, al menos los que ya pasamos la barrera de los 60 años. No una crisis puntual, sino algo más profundo: el retiro de un mundo entero. El que organizó nuestras vidas por casi cuatro décadas. El que ofrecía previsibilidad, reglas y una promesa de progreso. Ese mundo se fue.
Ese mundo que se fue comenzó tras la caída del muro de Berlín en 1989. Existían reglas, instituciones internacionales y una promesa política clara: crecer para distribuir y resolver los conflictos mediante procedimientos.
Chile no está fuera de este proceso. Para entender su presente, hay que mirar su pasado reciente.
Durante más de dos décadas, Chile vivió un ciclo excepcional. Crecimiento sostenido, reducción de la pobreza, movilidad social real. Se instaló una promesa simple: el futuro sería mejor que el presente. Millones de familias organizaron sus vidas en torno a esa idea.
El problema no fue solo que ese ciclo terminara, sino que terminó sin reemplazo. El estancamiento hizo visibles las fallas que antes quedaban ocultas. La comparación dejó de ser con el Chile de las carencias y pasó a ser con el Chile del ascenso. Ahí apareció la frustración.
La educación dejó de garantizar movilidad. Las deudas reemplazaron al ahorro. Y los soportes tradicionales —familia, barrio, trabajo estable— dejaron de amortiguar los golpes.
A esto se sumó una crisis de confianza: escándalos, abusos y una política percibida como distante. El resultado fue el estallido de 2019.
No fue un accidente. Fue acumulación. No una gran injusticia, sino muchas pequeñas. No un solo abuso, sino una sensación constante. El estallido de 2019 teatralizó esa incomodidad. Creímos que la solución era constitucional. Dos procesos, dos rechazos. Y una lección: los pactos se construyen en la vida cotidiana, no en los textos.
Mientras tanto, el mundo no paraba. El miedo se instaló como organizador político. Lo que antes era una cosa abstracta —crisis climática, migración, tecnología— hoy se percibe como amenaza inmediata. Del planeta al barrio. Del sistema al cuerpo.
En ese contexto surge un tipo de liderazgo que seduce por una razón simple: actúa. No necesariamente mejor, pero actúa. Lo que he llamado “TRUSK” —la lógica que mezcla a líderes como Donald Trump y Elon Musk— responde a una demanda existencial más que ideológica.
Su lógica es clara: destruir primero, construir después. El caos no es un error, es el método. No se ofrece coherencia, se ofrece movimiento.
Pero ese estilo tiene límites. La acción sin plan desgasta. La demolición sin construcción cansa.
Chile a atravesado crisis profundas y, aun así, la democracia sigue en pie. No es un triunfo épico. Es un aterrizaje suave en un contexto global turbulento.
De estos años quedan tres aprendizajes. Primero, el crecimiento no basta. Sin cohesión social, sin dignidad, sin reconocimiento, no se sostiene. Segundo, el mundo pesa más de lo que creemos. Chile no se explica solo por sus decisiones internas.Tercero, no hay atajos sin costo. Ni las soluciones jurídicas totales ni las demoliciones abruptas resuelven lo esencial.
El escritor Stefan Zweig llamó El mundo de ayer a la civilización europea que vio derrumbarse. Su historia es una advertencia: hay mundos que no regresan. Y aferrarse a ellos demasiado tiempo puede impedirnos habitar el que viene.
Navegar es mantener el rumbo cuando el mar cambia. Chile ha logrado hacerlo, con costo e imperfecciones. Pero mantener rumbo no es lo mismo que saber hacia dónde ir. Necesitamos reconstruir una promesa de futuro creíble.
Esa es la pregunta pendiente. Los jóvenes son los encargados de responderla. Es hora de mirar el mundo de mañana.