Minería chilena: múltiples miradas para leer bien la industria

Por Roberto Reveco, Consultor Senior TIRONI

Bajo el sol del norte, un hombre sonríe. Está seguro que en algún lugar bajo esos cerros se esconde un yacimiento, el color de la tierra, el olor de la roca se lo indican sutilmente. No muy lejos, en la cocina de un campamento, hierven las ollas que recibirán a miles de trabajadores y trabajadoras al terminar el turno. Vienen cansados, pero contentos por el trabajo bien hecho. En una sede vecinal, una ingeniera explica cómo operará un nuevo proyecto de litio. Está orgullosa de las soluciones técnicas a las que ha llegado junto a su equipo. Frente a ella, decenas de personas toman nota y comparan lo que escuchan con lo que han aprendido durante años observando el territorio. A kilómetros de ahí, en una improbable quebrada verde en medio del desierto, una bióloga cuenta anfibios para levantar una línea base de fauna, mientras en la costa, un geógrafo estudia el posible trazado del ducto de una desaladora. En el Congreso, los representantes discuten una ley para mejorar las condiciones de la pequeña y mediana minería. En una oficina pública, un funcionario revisa por última vez los antecedentes antes de firmar un permiso. En un laboratorio, una investigadora prueba un sistema piloto para recuperar minerales de antiguos relaves. En un rajo, un joven debutante maneja por primera vez un camión tolva, está nervioso y seguro al mismo tiempo. En el último piso de un edificio, un gerente general expone los resultados del año, mientras en Londres, inversionistas extranjeros lo escuchan atentos. En un instituto técnico, jóvenes aprenden a aplicar inteligencia artificial a los procesos mineros. En la redacción de un diario una periodista busca la forma más clara de explicar la nueva alza del cobre. En su despacho un abogado relee la cláusula de un contrato que fusionará dos operaciones. En el puerto una cuadrilla asegura una carga de cátodos. Y en la alta cordillera una tronadura inaugura una nueva jornada de trabajo.

Todas estas escenas forman una misma historia en la que participan biografías, trayectorias, conocimientos y perspectivas distintas que confluyen en el esfuerzo por transformar los recursos geológicos del país en riqueza, trabajo y desarrollo. Por eso en este Mes de la Minería tenemos buenas razones para sentir orgullo por lo que hemos construido como país. Tenemos siglos de experiencia, capacidades técnicas reconocidas, instituciones y comunidades que han contribuido a exigirle más a la industria, empresas reconocidas mundialmente y miles de trabajadores y trabajadoras que han forjado la minería chilena. Nada de eso apareció de un día para otro. Es el resultado de generaciones de esfuerzo compartido y aprendizaje.

Pero todo lo que hemos construido puede transformarse en un riesgo si empezamos a confiar demasiado en las respuestas que ya conocemos. Los desafíos que enfrenta hoy la minería son diversos y están estrechamente relacionados. La industria debe sostener y aumentar la producción justo cuando bajan las leyes de los minerales, envejecen los activos y suben los costos de energía, mantenimiento y construcción. 

La minería tiene que financiar proyectos que comprometen capital durante décadas y que compiten con inversiones de retorno mucho más rápido. Las cadenas de suministro están más expuestas a conflictos bélicos, guerras comerciales y restricciones de exportación. La automatización, las operaciones remotas y la inteligencia artificial pueden mejorar la productividad, pero también obligan a adaptar procesos, formar nuevas capacidades y proteger sistemas cada vez más expuestos a riesgos de ciberseguridad. 

Al mismo tiempo, el cambio climático obliga a adaptar las faenas y sus modos de funcionamiento a condiciones más extremas e inciertas, mientras el agua, la biodiversidad y la relación con los territorios exigen respuestas nuevas. La industria tiene que resolver todas estas presiones al mismo tiempo. Y bien sabemos que una decisión financiera, ambiental, tecnológica, social u operacional puede abrir un flanco en cualquier otra parte del sistema. 

Estos desafíos deben resolverse y no tenemos todo el tiempo del mundo. La demanda por cobre, litio y otros minerales críticos ya está creciendo, y las decisiones que definirán el mapa de la minería mundial se están tomando ahora. Esa presión puede empujarnos a buscar caminos cortos: reducir el problema a una sola variable, escuchar únicamente a quienes ofrecen una salida rápida y desatender las voces que complican una decisión. Pero lo que parece una forma de avanzar más rápido puede terminar haciendo que nos equivoquemos. Cuando una definición se toma desde una sola perspectiva puede parecer eficiente y atractiva al comienzo, pero a la larga va transparentando las falencias y riesgos que fueron levantados pero desatendidos. Y en minería los errores se pagan caro.

Decidir bien exige reunir información que muchas veces está dispersa y escuchar a quienes, desde lugares distintos, pueden advertir problemas que otros no alcanzan a ver. Una decisión robusta incorpora esas miradas. La minería es demasiado grande y compleja como para mirarla desde un solo lugar. En torno a ella proliferan conocimientos, experiencias y puntos de vista capaces de iluminar aspectos distintos de una misma realidad. Tenerlos presentes al momento de decidir permite comprender mejor los riesgos. Cuando se dejan fuera, las decisiones se apoyan en información incompleta y tarde o temprano muestran sus debilidades. 

Por eso necesitamos escucharnos con atención y estar dispuestos a reconocer aquello que, desde nuestra propia posición, no alcanzamos a ver. La diversidad de perspectivas ayuda a plantear bien los problemas y a buscar soluciones pertinentes. También obliga a revisar nuestras certezas y permite afinar bien las decisiones. Reconocernos, considerarnos y desafiarnos mutuamente es  la mejor manera de cuidar todo lo que hemos construido, para seguir celebrando, por muchos años más, a la minería chilena y a todos quienes la hacen posible.