“Pongámonos serios. Necesito que un humano haga esto”

Por Patricio Hernández, Analista TIRONI

Hace unos días, estaba en mi típico doomscrolling por X cuando me encontré con una noticia sobre el cruce de opiniones entre dos figuras de la política chilena, publicada por un reconocido medio de comunicación nacional.

Lo confieso. Mi placer culpable es ver cómo la gente se agarra de las mechas en los comentarios. No obstante, grande fue mi sorpresa cuando, en vez de pelear por los bandos políticos de cada quién, la discusión giraba en torno a otro tema.

“Cinco años estudiando para esto”, “Qué se puede esperar de un medio que escribe con IA” y “Pongámonos serios, ni siquiera escriben sus notas”, fueron algunos de los comentarios que llamaron mi atención.

Resulta que al pie de la nota aparecía un recuadro titulado ¿Cómo hicimos esta nota?, donde el medio explicaba sin rodeos que un periodista investigó el tema, eligió las fuentes y se las entregó a una inteligencia artificial, que redactó el texto a partir de su estilo de escritura. Después él lo leyó, lo editó y comprobó cada dato.

La nota estaba escrita de manera impecable, pero para algunos eso no era suficiente. Me pareció extraño, porque como lectores recibimos lo que esperamos: informaci& Según Cadem, el 69% de los chilenos declara utilizar inteligencia artificial en su vida cotidiana, mientras que, de acuerdo con Ipsos, el 79% cree que los productos y servicios que la incorporan deberían informarlo obligatoriamente. Entonces, la usamos y queremos saber cuándo está presente, pero reconocer su uso también puede provocar desconfianza.

En este escenario, cabe preguntarse: ¿por qué nos genera desconfianza?, ¿qué aporta que lo haga un ser humano? O, más inquietante aún, ¿importa que lo haga un humano si el resultado es el esperado?

Parte de la desconfianza radica en que juzgamos la etiqueta antes que el texto. En 2024, un estudio publicado en Scientific Reports pidió a más de 1.600 lectores distinguir versos de Shakespeare o Dickinson de imitaciones hechas con ChatGPT. No lo lograron, y otro grupo incluso calificó mejor las imitaciones. Sin embargo, un mismo poema recibía una peor evaluación cuando se atribuía a una IA.

Si podemos valorar de manera distinta un mismo texto según quién creemos que lo escribió, entonces la discusión no se limita a su calidad. También involucra lo que esperamos de quien está detrás de él. Aquí conviene distinguir dos ideas, la autoría y la garantía.

La primera indica quién creó y desarrolló una obra, aunque haya utilizado herramientas para hacerlo. La segunda apunta a quién se hace cargo de sus consecuencias, quién se expone a equivocarse, disculparse o perder algo si falla. Una IA puede participar en la creación de un texto, una imagen o una pregunta, pero no asume por sí misma la responsabilidad por el resultado. Esa responsabilidad recae en las personas que deciden cómo utilizarla, qué aceptar de ella y qué presentar como propia.

El aporte humano no se limita a firmar o responder por el resultado. También está en el criterio y la experiencia que permiten interpretar un contexto, reconocer matices y decidir qué es relevante en su uso.

El caso del escritor Thélyson Orélien permite explorar esa tensión. Su novela, C'était ça ou mourir, relata la huida de un profesor haitiano a través de doce países. El libro se convirtió en un éxito de ventas en Francia y obtuvo el Prix du roman Fnac. Orélien describió su escritura como un trabajo hecho “con las tripas y el corazón”. Sin embargo, en septiembre, una cuenta anónima lo acusó de haber utilizado inteligencia artificial a gran escala.

Esto tuvo consecuencias, que la novela fuera retirada de la selección del premio Goncourt y, en octubre, la editorial canadiense Boréal puso fin a su relación con el autor, después de que un análisis externo detectara rastros de esa tecnología en los metadatos de algunos borradores. Orélien reconoce haber utilizado IA para investigar, pero niega que la máquina haya escrito una sola frase del libro.

Si bien el texto de la novela no cambió, sí lo hizo la percepción sobre quién estaba detrás de ella. Los lectores no habían comprado únicamente una sucesión de frases bien construidas, sino también la expectativa de que alguien había puesto su experiencia y su trabajo al servicio de esa historia.

Este caso no demuestra que la novela carezca de valor por el solo hecho de que se haya utilizado IA. El libro pudo cumplir su propósito como obra literaria, pero eso no bastó para sostener la confianza en su autor.

Esa misma distinción importa en el periodismo. La confianza no depende solo de que una nota esté bien escrita, sino de que la información haya sido contrastada, las fuentes tratadas con rigor y las decisiones editoriales respondan a criterios reconocibles. Lo que realmente importa no es si algo fue hecho por un humano, como si esa etiqueta bastara para generar confianza. Importa saber cómo se hizo, qué criterio orientó las decisiones y quién responde por el resultado.

Una inteligencia artificial puede diseñar, generar videos e incluso escribir noticias. Dar la cara por lo hecho, todavía no.